Viernes 28 de octubre de 2011
No recuerdo bien que me dijo aquello. Fue alguien que me hablaba de la soledad una madrugada en el Savoy. Me contó que no tenía amigos y que aunque hacía memoria, ni siquiera sabía de alguien que le hubiese olvidado. Era muy tarde y apenas quedaba gente en el club. Aquel tipo me dijo que venía de lejos y que nunca había tenido con quien hacer una frase que fuese mucho más larga que quedar callado. Me dijo: “Jamás he sentido en la cara una mano que no fuese un golpe. Mi corazón se ha criado como un trozo de tocino en una sopera de la beneficencia. En ninguna parte hay alguien que desee mi abrazo, ni un sepulcro que espere por mis flores. Trabajé para Jimmy Bonfava en Detroit y una madrugada maté a tres tipos que le debían dinero a la organización. Fue lo mejor que hice en mi vida. Lo digo porque, sin contar la muerte, mi mala conciencia es ahora mi pariente más cercano”.
Hay mucha gente solitaria en el Savoy. Hace ya algún tiempo el columnista Chester Newman hizo en el “Clarion” un retrato colectivo de esos tipos que están de paso en la madrugada fugitiva y plural de la ciudad. Recuerdo que la suya era una visión muy amarga, aunque Newman, llegaba a una conclusión en cierto modo esperanzadora. Ernie Loquasto recortó un párrafo que ordenó enmarcar y cuelga ahora al otro lado de la barra del club. Dice el párrafo: “Esa gente, son a menudo buen calzado y mal camino. Tienen en el rostro la expresión amarga y contraída de alguien acostumbrado a que el hambre le descomponga el vientre. No encuentran quien les ame, ni saben de alguien por quien llorar. Es como si de niños se hubiesen caído de la cuna en el interior de un féretro. En el caso de que tuviesen la flaqueza de huir del miedo, con seguridad lo harían corriendo hacia el peligro. Conozco a unos cuantos y sé como son. Pero a simple vista uno tendría la impresión de que carecen de recuerdos, de emociones y de sueños. Y pensaría que lo que les ocurre entre el culo y la boca no es más interesante que lo que sucede en el tiro de la chimenea. Yo no digo que esos tipos no tengan fe en algo, pero les miro cuando no me ven y creo que tienen la expresión de vaga y escéptica credulidad de alguien a quien Dios se le hubiese sentado desnudo en la cara”. Eso escribió Newman sobre la gente transeúnte y solitaria del Savoy. De su puño y letra, añadió luego en el recorte un pensamiento que dice: “Sois inolvidables como un tren que recorre discretamente la noche, aplaudiendo entre las vías con los vagones vacíos”.
http://www.goear.com/listen/3c9ec92/cronicas-del-savoy-8-temporada-2011-2012-fosfonautas
No recuerdo bien que me dijo aquello. Fue alguien que me hablaba de la soledad una madrugada en el Savoy. Me contó que no tenía amigos y que aunque hacía memoria, ni siquiera sabía de alguien que le hubiese olvidado. Era muy tarde y apenas quedaba gente en el club. Aquel tipo me dijo que venía de lejos y que nunca había tenido con quien hacer una frase que fuese mucho más larga que quedar callado. Me dijo: “Jamás he sentido en la cara una mano que no fuese un golpe. Mi corazón se ha criado como un trozo de tocino en una sopera de la beneficencia. En ninguna parte hay alguien que desee mi abrazo, ni un sepulcro que espere por mis flores. Trabajé para Jimmy Bonfava en Detroit y una madrugada maté a tres tipos que le debían dinero a la organización. Fue lo mejor que hice en mi vida. Lo digo porque, sin contar la muerte, mi mala conciencia es ahora mi pariente más cercano”.
Hay mucha gente solitaria en el Savoy. Hace ya algún tiempo el columnista Chester Newman hizo en el “Clarion” un retrato colectivo de esos tipos que están de paso en la madrugada fugitiva y plural de la ciudad. Recuerdo que la suya era una visión muy amarga, aunque Newman, llegaba a una conclusión en cierto modo esperanzadora. Ernie Loquasto recortó un párrafo que ordenó enmarcar y cuelga ahora al otro lado de la barra del club. Dice el párrafo: “Esa gente, son a menudo buen calzado y mal camino. Tienen en el rostro la expresión amarga y contraída de alguien acostumbrado a que el hambre le descomponga el vientre. No encuentran quien les ame, ni saben de alguien por quien llorar. Es como si de niños se hubiesen caído de la cuna en el interior de un féretro. En el caso de que tuviesen la flaqueza de huir del miedo, con seguridad lo harían corriendo hacia el peligro. Conozco a unos cuantos y sé como son. Pero a simple vista uno tendría la impresión de que carecen de recuerdos, de emociones y de sueños. Y pensaría que lo que les ocurre entre el culo y la boca no es más interesante que lo que sucede en el tiro de la chimenea. Yo no digo que esos tipos no tengan fe en algo, pero les miro cuando no me ven y creo que tienen la expresión de vaga y escéptica credulidad de alguien a quien Dios se le hubiese sentado desnudo en la cara”. Eso escribió Newman sobre la gente transeúnte y solitaria del Savoy. De su puño y letra, añadió luego en el recorte un pensamiento que dice: “Sois inolvidables como un tren que recorre discretamente la noche, aplaudiendo entre las vías con los vagones vacíos”.
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