viernes, 4 de noviembre de 2011

Crónicas del Savoy - 9 (temporada 2011 - 2012)

Reconozco que es complicado hacer un elogio de la agresividad masculina porque no corren buenos tiempos para lo varonil. Me salva que puedo apoyarme en algo que le escuché a la escritora Kate Sinclair, en una de mis visitas a su casa en la costa de New Hampshire. Como en otras ocasiones, Katie me recordó su profunda decepción por haber llevado una vida ajena a los impulsos más primitivos. Acababa de romper con un tipo blando, de voz atiplada, que pasaba en casa más tiempo que la cerradura de la puerta. Al anochecer refrescaba algo en la playa y Kate avivó con un manuscrito la llama de la hoguera. Y me dijo Kate: “Mi padre tenía una voz profunda y varonil. Jamás gritaba, pero con aquella voz tan masculina lo cierto es que todo lo que decía resultaba convincente. No he vuelto a escuchar una voz como la suya, Al. Era un mujeriego, pero mi madre le perdonaba todo. Cualquier mentira era creíble en la voz grave y calmosa de mi padre. Mi madre le habría creído aunque volviese a casa al final de la Segunda Guerra Mundial diciendo que se había alargado un poco la Primera. Me regañó una vez con motivo de haber suspendido una asignatura en el colegio y me gustó tanto aquella bronca, que en el curso siguiente me apliqué para suspender dos asignaturas. Tenía voz de fumador. Nunca dejó el tabaco. Decía que quería ser un cadáver empedernido. Le diagnosticaron un cáncer de laringe. Y lo encajó con tanto aplomo, que fue él quien tranquilizó al médico. Mi padre murió en voz baja. Su cadáver resultaba tan masculino, tan vital, que dos horas después de certificada su defunción, mamá le trajo el desayuno a cama. Para mi padre amigo mío, para mi padre, la muerte solo era una costumbre”. Eso me dijo aquella noche en la playa mi querida Kate Sinclair. Y aunque yo evité cualquier referencia comparativa, fue ella quien decidió hablar del tipo con el que acababa de rompe. Me dijo: “Verás, Al, para no ser injusta, nunca lo comparé con mi padre. Pero yo no podría compartir mi vida con un hombre que solo resulta varonil cuando huele remotamente a peligro después de haber abrazado al perro. Una vez me dio un beso con lengua y no quise repetir. Recordé la vida ajetreada de mi padre y el fervor que sentían las mujeres por aquel hombre varonil y calmoso que cada vez que hablaba hacía funcionar el cuco del reloj. Un beso con lengua está muy bien, Al, pero no si quien te mete la lengua en la boca es alguien con la saliva metódica, confitada y apática de un filatélico”.

No corren buenos tiempos para lo masculino, es cierto, pero algo de razón tenía aquella noche mi inovidable y querida Kate Sinclair. Dice el principal personaje femenino de una de sus novelas: “Me dejé hace medio año con un tipo muy educado porque me pareció demasiado correcto y aromático. Su perfume volvía a casa cinco minutos antes que él. Tenía la cara del mismo color que el pijama. Siempre pensé que un hombre como él solo entraría en calor al morirse. Lo deje por un tipo rudo al que le ladraba las banderas del Waldorf Astoria. Dirán que estoy loca, pero a mi, a mi siempre me gustaron los hombres que incluso te hacen daño al protegerte”.

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