Viernes 24 de mayo de 2013
Recuerdo la madrugada en la que Ernie Loquasto llamó a su mesa al trompetista Kenny Olsen y le dijo: “Hasta aquí hemos llegado, hijo. Has triunfado y ya no eres el de antes. Te falta desesperación. Ahora tienes técnica, Kenny, y yo necesito a alguien que tenga inspiración. Como me dijo la otra noche el columnista Chester Newman, tu trompeta aun suena bien, pero ya no blasfema. Vuelve por aquí cuando tengas otra vez en tus pulmones el forro de los bolsillos”. Aquella fue la última actuación de Kenny Olsen en el Savoy. Un año más tarde, Newman le dedico una columna recordatoria en el “Clarion”. Entre otras cosas, escribió: “Era jodidamente bueno cuando estaba muy hundido y Ernie Loquasto lo encontró en el aeropuerto Fiorello La Guardia llevando en la mano una trompeta y un horario de trenes. Había caído tan bajo que ni siquiera tenía ya acreedores. Al romper con él, su mujer le había dicho que era el hombre más atractivo del mundo empatado con Joan Crawford. Estaba tan delgado que parecía vestido con la funda de un oboe. Ernie le ofreció una prueba en el Savoy y no la desaprovechó. Kenny Olsen era lo que el jefe estaba buscando: Un tipo que sonaba como un perro de caza jadeando a través de una trompeta. En recuerdo de aquella primera noche hubo en la barra del Savoy una placa que decía: “Kenny Olsen debutó aquí y fue tan inolvidable como si la muerte hubiese puesto un huevo en una esquela”.
Ahora Ernie Loquasto está muy enfermo y de Kenny Olsen no hemos vuelto a saber nada. Anoche Newman y yo nos acordamos de aquel tipo. Y me dijo el veterano columnista: “Supongo que el Arte se propaga en la destrucción del artista, del mismo modo que arde el fuego en la leña que consume. Esa es la razón, amigo mío, por la que el éxito es el único fracaso que un artista no se puede permitir”
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