Viernes 7 de junio de 2013
Muchas madrugadas le dije que el Savoy no era lugar para una chica como ella. Y no fui el único. Se lo dijeron Tonino Fiore y Artie Fuller, se lo advirtió el columnista Chester Newman e incluso Ernie Loquasto la llamó una noche a su lado en una mesa en la penumbra y le dio un consejo: “Aquí jamás conocerás a un hombre por cuya supervivencia no tengas que rezar. Lo tuyo es vivir en una casa limpia y soleada, un lugar en el que no huelan a bourbon las flores, y puedas envejecer sin miedo al lado de un hombre que vuelva a casa casi antes de haber salido. Créeme, nena: el Savoy no es sitio para una chica como tú. Devuelve el equipaje a la maleta y cuelga tus perchas a cien dólares de aquí, en uno de esos pueblos en los que ni siquiera tiene antecedentes penales la muerte. Atiende a mi consejo, Terry. En el interior de este país hay unos cuantos lugares en los que todavía huele a pan la gasolinera y todo está tan silencioso que hasta se escucha tierra adentro el mar”.
El problema de la corista Terry Shelton es que no tiene coraje para hacer la maleta y largarse de aquí. Se habría ido si no fuera porque le faltan las agallas que a veces se necesitan para ser cobarde. Creo que se ha resignado a no soñar o tal vez tiene miedo a que se cumplan sus sueños y llevar una vida dominical y provinciana en la que anote sus compromisos con desgana en el almanaque del año anterior. A mi me apena la duda angustiosa de Terry Shelton. En el fondo ha sido siempre la chica inocente e higiénica que una madrugada se sinceró conmigo en el Savoy y me dijo: “Siempre quise despertar cualquier domingo en la camisa de un hombre honrado. De joven imaginaba que al despertar por la mañana se escuchaba silbar en la cafetera el tren de Omaha. Verás, Al: No tengo grandes pretensiones. Me habría conformado con encontrar por la mañana en el beso de un hombre la espuma de su afeitado”. Eso me dijo aquella noche, pero la buena de Terry sigue aquí, enterrada en el dentífrico delantal de su escote con cuatro paladas de humo…
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