Al poco de iniciar aquel viaje nocturno para llevarla a Detroit, me dijo Norma: “Tiene razón Ernie Loquasto, cariño: El Savoy ya no es sitio para mi. La semana pasada, mientras cantaba, había unos tipos que aplaudían cada vez que sonaba el teléfono. Me duele, Al, pero no puedo culpar a nadie. Ni siquiera me castigan con la indiferencia. Me hice mayor. Ha empezado el otoño y tengo miedo de que el viento arranque en una sola noche las hojas de mis próximos quince almanaques”. Eso dijo Norma. Yo traté de quitarle importancia y animarla sin perder de vista la carretera. Norma ni me escuchaba. “Lo mío ha sido siempre ir de un lado para otro, Al. No recuerdo haber parado en una ciudad tiempo bastante para fundar un hogar, contraer una deuda o enterrar a un amigo. Por mis fracasos en una ciudad he llorado siempre en la ciudad siguiente. Nueva York fue el único sitio en el que deshice el equipaje porque pensaba acabar mi carrera en el Savoy. Ernie no me pidió que me largara. Lo decidí yo. Me miré en el espejo y supe que estaba acabada. La voz me pudre la garganta. En cualquier otro club me habrían pagado por no cantar. El señor Loquasto es un buen tipo. Esta tarde lloré amargamente al despedirme de él. Me dijo que tú me llevarías esta noche a Detroit, me pagó más que si lo mereciera y me dio el pañuelo en el que he vuelto a llorar hace un rato. Mi conciencia amigo mío, es el único autógrafo que he firmado en todo este tiempo. ¿Sabes, Al?, esto de hacerse mayor es contradictorio. Soportas mejor las emociones pero no contienes bien la orina”.
Al cabo de dos horas de viaje descargó una tormenta. Llovía tanto, que casi no se veía el agua. Arrimé el coche al arcén y avivé en la radio una canción muy lenta de Frank Sinatra. Norma prendió en su boca un cigarrillo para cada uno. Restañé el llanto de sus ojos con el revés de una mano y le dije que todavía era una mujer joven y que encontraría a un hombre con el que compartir en Detroit el recibo de la luz, el duelo por alguien y el buzón para el correo. Entonces Norma me pidió que no la llevase a Detroit. Me dijo: “Te ruego que pases de largo y me dejes donde al amanecer empiecen los maizales. Me vuelvo a mi origen en cualquiera de esos pueblos de Iowa en los que el tiempo no se mide por las arrugas en la cara, sino por las cosechas de grano. No volveré a cantar, Al. No me hago ilusiones, pero cuando era niña mi madre me dijo que al final seria feliz unida un hombre más corriente que el anonimato, un tipo que me acariciaría con la mano con la que acabase de partir el pan”.
Me despedí de ella al amanecer, a la entrada de un pueblo en el que a mi me pareció que incluso hubiese pasado de largo el mapa. Al poco tiempo recibí en el Savoy una carta en la que me decía Norma: “Vivo con un hombre que me adora. Nunca llegaré a la portada de “Vogue”, es cierto, Al, pero despierto cada mañana en un lugar en el que todo el mundo tiene un recuerdo por el que ser feliz y sabe de alguien por quien merezca la pena llorar”.
Al cabo de dos horas de viaje descargó una tormenta. Llovía tanto, que casi no se veía el agua. Arrimé el coche al arcén y avivé en la radio una canción muy lenta de Frank Sinatra. Norma prendió en su boca un cigarrillo para cada uno. Restañé el llanto de sus ojos con el revés de una mano y le dije que todavía era una mujer joven y que encontraría a un hombre con el que compartir en Detroit el recibo de la luz, el duelo por alguien y el buzón para el correo. Entonces Norma me pidió que no la llevase a Detroit. Me dijo: “Te ruego que pases de largo y me dejes donde al amanecer empiecen los maizales. Me vuelvo a mi origen en cualquiera de esos pueblos de Iowa en los que el tiempo no se mide por las arrugas en la cara, sino por las cosechas de grano. No volveré a cantar, Al. No me hago ilusiones, pero cuando era niña mi madre me dijo que al final seria feliz unida un hombre más corriente que el anonimato, un tipo que me acariciaría con la mano con la que acabase de partir el pan”.
Me despedí de ella al amanecer, a la entrada de un pueblo en el que a mi me pareció que incluso hubiese pasado de largo el mapa. Al poco tiempo recibí en el Savoy una carta en la que me decía Norma: “Vivo con un hombre que me adora. Nunca llegaré a la portada de “Vogue”, es cierto, Al, pero despierto cada mañana en un lugar en el que todo el mundo tiene un recuerdo por el que ser feliz y sabe de alguien por quien merezca la pena llorar”.
http://www.goear.com/listen/f117a35/06-cronicas-del-savoy-6-temporada-2011-2012-fosfonautas
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