jueves, 20 de octubre de 2011

Crónicas del Savoy - 5 (temporada 2011 - 2012)

Hay quien dice que la madrugada de la ciudad, está llena de mujeres voraces y de tipos sin alma capaces de calmar el hambre comiéndose la cara con su propia boca. Yo no lo creo. Lo que hay de madrugada por las calles de la ciudad, es mucha gente falta de cariño. Recuerdo que no hace mucho tiempo el pianista Larry Williams se sinceró conmigo y me dijo: “Cuando era joven, me entusiasmaba la idea de anotar sitios a los que ir. Ahora me encuentro mayor y no se de un solo lugar al que merezca la pena volver. Antes de venirme aquí para morir, no recuerdo haber recibido dos cartas seguidas en la misma ciudad. Mi madre, dijo, mi madre era una buena mujer, pero yo me arropé en cama por mi mismo desde que tengo memoria. Es complicado culpar a nadie de lo que me ocurre, Al. Mi única foto de familia es un mapa de carretera del estado de Alabama. Mi madre no me contó nada de mi padre. La verdad es que nunca le vi delante. Mi padre solo venía a casa de madrugada y entraba para robar. Toco al piano cosas que me conmueven sin saber muy bien porqué. Dicen que toco cosas tristes, y puede que sea cierto, Al, pero el jazz que yo toco es triste y hermoso como una cometa devuelta al suelo al final del verano por el peso de la lluvia”. Eso me dijo Larry.
El detective Fuller es un tipo duro en apariencia pero tiene un fondo de vulnerable malicia que recuerda su infancia en un orfanato en Baltimore. Anoche mismo me dijo: “Al hacerme mayor me negué a abandonar aquel centro porque llevaba allí toda la vida y me parecía que la miseria era un sitio seguro. Me sacó a golpes la policía. La cocinera hacía sopa con el agua de lavar la ropa interior. Los domingos la sopa estaba más condimentada porque ocurre que lavaba los calzoncillos del jardinero. Al verme en la calle me volví un tipo rudo. Cada madrugada me peleaba con alguien para sentir el cariño que se esconde en la rabia. Puede que no me creas, Al, pero yo te digo que a veces, el afecto está al final del rencor, en ese momento dramático en el que al matar a un hombre, sientes el nombre de su madre en tu garganta. Una vez le disparé a un muchacho en Brooklyn, no había nadie, y aquel muchacho agonizó en mis brazos. Fue un error mío, Al. Creo que me pudo el miedo. La única arma que aquel muchacho llevaba encima, era una foto de su madre. Yo corrí con los gastos de su entierro a las afueras de Patterson”. Chester Newman escribió un epitafio que dice:”Me detuve aquí sin pretenderlo igual que irrumpe el humo en el filo del fuego, como se paran el polvo y las banderas al final del viento. La tumba Al, no tiene nombre. En realidad, solo el olvido sabía algo de aquel muchacho”

http://www.goear.com/listen/e57a44f/05-cronicas-del-savoy-5-temporada-2011-2012-fosfonautas

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