jueves, 20 de octubre de 2011

Crónicas del Savoy - 1 (temporada 2011 - 2012)

Al mujeriego Randy Mulligan su mujer le perdonaba cualquier desliz, no porque fuese un tipo cordial, que lo era, sino porque era ella quien mentía a favor de él. Por eso cada vez que a Randy le olían las manos a la intimidad de otra mujer, ella le recriminaba que hubiese vuelto a jugar al póker con el pescadero. Randy intentó cambiar, pero no pudo. Me dijo de madrugada hace algún tiempo en el Savoy: “Por el bien de mi matrimonio me conviene darle un giro a mi vida, Al. Lo malo es que no puedo hacerlo. Aunque tal vez no lo entiendas, amigo, soy leal, pero infiel. Las mujeres pueden conmigo. Me ocurre como al tipo alcohólico que al final de un terrible esfuerzo moral solo consigue cambiar de marca de ginebra. Comprendo que el mío de ahora es mi quinto matrimonio, pero, ¡que demonio!, a fin de cuentas el quinto matrimonio solo es la cuarta vez que sale mal el primero”. Lo de Randy con las mujeres era una obsesión. Una madrugada al salir del Savoy le acompañé un rato por la calle entre la niebla. En un momento dado detuvo la marcha y se fijó en una vistosa silueta de colores. Me rogó que fuésemos hacia ella porque quería ver de cerca quien era aquella mujer solitaria vagando como una acuarela entre la niebla. No me importó y nos acercamos al objetivo. Al poco rato, Randy se detuvo. Joder, aquella apasionante mujer entre la niebla era la bandera de Alemania.

La última madrugada que coincidí con Randy en el Savoy, le pregunté cual era el secreto para que fuese tan tolerante su mujer. Y me dijo Randy: “Ella me conoció gracias a que yo entonces era como soy ahora. Cada vez que una mujer intenta cambiar a un hombre como yo, en el fondo amigo mío, teme conseguirlo. La convivencia metódica y continuada acaba con las emociones y mata el deseo. En realidad ella siempre supo que lo que hace soportable la rutina del matrimonio es la suerte de estar casada con un hombre soltero.

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