Hacía mucho calor aquella noche en el Savoy. El ventilador calcetaba en lo alto el humo del tabaco. Recuerdo que la corista Terry Shelton se retocó el peinado mirándose en el sudor del rostro del detective Fuller. Chester Newman había escrito aquella mañana en el “Clarion” que los veleros de la bahía llevaban el viento crucificado sin aliento en las velas. Artie Fuller me enseñó una carta en la que rompía con él una fulana a la que había conocido en Columbus, Ohio. La letra de aquella mujer eran quemaduras de tercer grado en un papel meado por las manos deshuesadas del detective. Fuller parecía afectado sobre todo por un párrafo en el que ella le decía: “No dudo que en el fondo seas un buen tipo, maldito hijo de perra. De todos modos, no quiero saber que mierda has hecho con las putas manos, igual que no quieres saber tú qué hice yo con la maldita boca. Lo nuestro se ha terminado, Artie. En realidad nunca me fié de ti. Te aguanté porque era invierno y aunque no me inspirabas confianza, al menos me dabas calor. Para cambiar de alma, a las mujeres como yo nos basta con ponernos la ropa de verano. No supiste cuidarme. Fuiste como un tren de carbón que llegase a los sitios dos estaciones más tarde que el humo. Intento reponerme de todo aquello, detective. Lo malo es que por falta de dinero me he decidido por el pecado en un momento en el que por falta de liquidez los hombres se han quedado sin vicios. Supongo que fue de ti de quien aprendí que no es bueno esperar a mañana para comer el pan de hoy”. Eso le decía al detective en la carta aquella fulana de Ohio. Fuller dobló el papel y me dijo que lo peor de una idea no es que sea mala, sino que se entienda bien. Y añadió: “Aquella mujer era pegadiza y erótica como una gata empanada con seborrea. La conocí en verano, un día caliente como hoy. Perdí la cabeza y acabé en su alcoba. Ella era fuego y yo ardí como un idiota atrapado por la sed en un charco de paja. No sirvió de nada mi frialdad. Lo mío fue como si en medio de una hoguera pusiese un huevo un buitre de hielo. Casi me cuesta la carrera, Al. Pero me enamoré de ella y me la jugué. Hacía calor y no veía nada claro. Todo ocurrió por el jodido calor, amigo. Tendría que haberme dado cuenta de que por encima de los treinta grados a la sombra el sexo puede siempre más que la razón. Con este calor y una mujer como aquella, Al, la Biblia es siempre menos útil que el ventilador”.
Aquello ocurrió una tórrida noche de julio en el Savoy. Hacía tanto calor, que en la funeraria de Jerry Mangano dicen que le bajó la regla al cadáver de una mujer madura en la mandolina de cuyo vientre sin pulpa llevaba años sin gotear la canica de la ovulación.
http://www.goear.com/listen/3b479f3/39-cronicas-del-savoy-39-temporada-2010-2011-fosfonautas
Aquello ocurrió una tórrida noche de julio en el Savoy. Hacía tanto calor, que en la funeraria de Jerry Mangano dicen que le bajó la regla al cadáver de una mujer madura en la mandolina de cuyo vientre sin pulpa llevaba años sin gotear la canica de la ovulación.
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