Una madrugada el columnista Chester Newman me contó que había aprendido a hacer frases cortas y expresivas gracias a un redactor jefe que le obligaba a escribir en un folio ardiendo. Fue él quien me contó el caso de un pintor que tomó apuntes para su autorretrato mirándose de madrugada en el espejo del baño con el pelo en llamas. Un alumno de mi amiga Mildred Perkins en su escuela de Brooklyn, le dijo que Dios había inventado el fuego para tener un sitio en el que apoyar el humo. Un bisabuelo del detective Artie Fuller se marchó a finales del siglo XIX en carreta a California. Supo entonces que los indios se comunicaban por señales de humo y que una columna a cada lado del paisaje significaba que los indígenas se estaban carteando. En una ocasión en la que vio una enorme humareda, alguien le dijo que tanto humo solo podía ser la estafeta de correos de los indios cheyenne.
A veces recordamos un bosque por el fuego que lo redujo a cenizas. Ocurre como con el bisabuelo colono del detective Fuller. Según me contó Artie, el viejo murió en un incendio que arrasó la carreta en la que viajaba. Su cadáver tardó semanas en aparecer. Alguien lo encontró gracias a escuchar algo melancólico en el viento que atravesaba su armónica al lado del cadáver calcinado.
Al gangster Tonino Fiore le gusta recordar el fuego faldero que ardía en invierno en casa de su madre. En un viaje que hice con él a New Hampshire, nos detuvo un incendio forestal que atravesaba la carretera. El fuego corría en cursiva por el paisaje, apaleado por un viento frío y ladrado. Entonces Tonino apagó el motor del automóvil y me dijo: “El fuego de leña le daba al rostro de mi madre un encanto suave y moscado era como luz de mercería. Era un fuego cálido y húmedo a la vez, Al; un fuego caldoso en el que podías calentar la cena y enfriar la mano. En aquel fuego la leche del desayuno se volvía piqué. A medida que de madrugada moría el fuego sobre la leña vencida, en el lomo felino de las llamas se posaba como al tacto el inminente rocío de la mañana. Mi madre me dijo que el fuego era el origen de la familia, igual que de una paloma se deduce con el tiempo la catedral en la que pueda descansar del vuelo”. Tonino Fiore estaba melancólico aquella noche en el Savoy. Ya en la calle, me dijo: “Una vez maté aun hombre en la oscuridad y el fogonazo del disparo me grabó aquel rostro en la memoria. Para mi biografía aquel fue un trabajo, Al, pero para mi conciencia, amigo mío, para mi conciencia aquel fuego ensangrentado fue como haberle disparado a mi autorretrato en la cara de mi madre”.
www.goear.com/listen/e2491fc/20-cronicas-del-savoy-20-temporada-2010-2011-fosfonautas
A veces recordamos un bosque por el fuego que lo redujo a cenizas. Ocurre como con el bisabuelo colono del detective Fuller. Según me contó Artie, el viejo murió en un incendio que arrasó la carreta en la que viajaba. Su cadáver tardó semanas en aparecer. Alguien lo encontró gracias a escuchar algo melancólico en el viento que atravesaba su armónica al lado del cadáver calcinado.
Al gangster Tonino Fiore le gusta recordar el fuego faldero que ardía en invierno en casa de su madre. En un viaje que hice con él a New Hampshire, nos detuvo un incendio forestal que atravesaba la carretera. El fuego corría en cursiva por el paisaje, apaleado por un viento frío y ladrado. Entonces Tonino apagó el motor del automóvil y me dijo: “El fuego de leña le daba al rostro de mi madre un encanto suave y moscado era como luz de mercería. Era un fuego cálido y húmedo a la vez, Al; un fuego caldoso en el que podías calentar la cena y enfriar la mano. En aquel fuego la leche del desayuno se volvía piqué. A medida que de madrugada moría el fuego sobre la leña vencida, en el lomo felino de las llamas se posaba como al tacto el inminente rocío de la mañana. Mi madre me dijo que el fuego era el origen de la familia, igual que de una paloma se deduce con el tiempo la catedral en la que pueda descansar del vuelo”. Tonino Fiore estaba melancólico aquella noche en el Savoy. Ya en la calle, me dijo: “Una vez maté aun hombre en la oscuridad y el fogonazo del disparo me grabó aquel rostro en la memoria. Para mi biografía aquel fue un trabajo, Al, pero para mi conciencia, amigo mío, para mi conciencia aquel fuego ensangrentado fue como haberle disparado a mi autorretrato en la cara de mi madre”.
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