No creo que haya en el Savoy mucha gente ingenua. El club da por la parte de atrás a un callejón del que dicen que una noche vieron salir malherida a la muerte. Pero de vez en cuando ocurre algo que te llena de ternura y de fe en el hombre. Hace algún tiempo, un matón de origen italiano se sentó a mi mesa con dos sobres. Dijo que tenía carta de sus padres. Abrió un sobre y me enseñó una hoja de papel escrita por ambos lados con letra muy apretada. “Es una carta de mi padre”, dijo. Del otro sobre sacó luego una hoja en blanco. Y me dijo: “Esta hoja en blanco es carta de mi madre, Al. Mi madre no sabe escribir”.
A raíz de aquello, recordé los lejanos y afrutados días de mi infancia en Cambados, en la provincia de Pontevedra. Veraneaba en casa de mi tía Pepita, que era la comadrona del pueblo. Tía Pepita estaba soltera y solo había tenido relaciones sexuales con el sillín de la bicicleta. Era comadrona de postguerra. Se había graduado en un curso acelerado en la facultad de medicina de Compostela. Por mi convivencia con ella me di cuenta de que su idea de los hombres era que su aparato reproductor era tan automático y tan primitivo como la bomba del pozo. Tampoco me parecía que creyese mucho en la obstetricia, ni en la ginecología. En una ocasión la acompañé a un parto en una aldea y una vez lavado el crío, salimos de la casa y tía Pepita se quedó mirando al tejado con incertidumbre. Ella no dijo nada pero yo creo que tía Pepita se preguntaba por donde diablos habría entrado aquella mañana la cigüeña.
A mi me enternece a menudo la ingenuidad de la corista Terry Shelton. Hace ya algún tiempo se apuntó en Brooklyn con el dinero que tenía ahorrado a un curso para ser actriz. Lo dejó al poco tiempo, la noche que un viejo agente del mundo del espectáculo, le dijo: “Olvida ese curso, encanto. Lo que cuenta es la naturalidad. Un caballo galopa sin necesidad de aprender hípica y los pájaros ponen huevos sin saber biología. Hollywood amiga mía ya no es lo que era. Algunas actrices la frase más inteligente de la película la aprenden imitando el jadeo de un perro”. Terry aquella madrugada no dijo nada. Pero al poco tiempo me comentó: “Tenía razón aquel tipo. Ya no me importa hacer carrera en Hollywood. Si el cine fuese algo decente que valiese la pena ver, no lo proyectarían a oscuras”. Creo que fue ella también quien en una ocasión me dijo: “Si abro la ventana de casa por la mañana, entra la luz de la calle. Lo que no entiendo es por qué si la abro por la noche, no entra en mi alcoba la oscuridad”.
http://www.goear.com/listen/6446f39/21-cronicas-del-savoy-21-temporada-2010-2011-fosfonautas
A raíz de aquello, recordé los lejanos y afrutados días de mi infancia en Cambados, en la provincia de Pontevedra. Veraneaba en casa de mi tía Pepita, que era la comadrona del pueblo. Tía Pepita estaba soltera y solo había tenido relaciones sexuales con el sillín de la bicicleta. Era comadrona de postguerra. Se había graduado en un curso acelerado en la facultad de medicina de Compostela. Por mi convivencia con ella me di cuenta de que su idea de los hombres era que su aparato reproductor era tan automático y tan primitivo como la bomba del pozo. Tampoco me parecía que creyese mucho en la obstetricia, ni en la ginecología. En una ocasión la acompañé a un parto en una aldea y una vez lavado el crío, salimos de la casa y tía Pepita se quedó mirando al tejado con incertidumbre. Ella no dijo nada pero yo creo que tía Pepita se preguntaba por donde diablos habría entrado aquella mañana la cigüeña.
A mi me enternece a menudo la ingenuidad de la corista Terry Shelton. Hace ya algún tiempo se apuntó en Brooklyn con el dinero que tenía ahorrado a un curso para ser actriz. Lo dejó al poco tiempo, la noche que un viejo agente del mundo del espectáculo, le dijo: “Olvida ese curso, encanto. Lo que cuenta es la naturalidad. Un caballo galopa sin necesidad de aprender hípica y los pájaros ponen huevos sin saber biología. Hollywood amiga mía ya no es lo que era. Algunas actrices la frase más inteligente de la película la aprenden imitando el jadeo de un perro”. Terry aquella madrugada no dijo nada. Pero al poco tiempo me comentó: “Tenía razón aquel tipo. Ya no me importa hacer carrera en Hollywood. Si el cine fuese algo decente que valiese la pena ver, no lo proyectarían a oscuras”. Creo que fue ella también quien en una ocasión me dijo: “Si abro la ventana de casa por la mañana, entra la luz de la calle. Lo que no entiendo es por qué si la abro por la noche, no entra en mi alcoba la oscuridad”.
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