Creo que fue hace veinte años cuando el viejo Giacomo Pavesse me presentó en el Savoy a la propietaria de un burdel que funcionaba a tope de gente al otro lado de la calle: La señorita Millie Bracket había trabajado en el oficio pero llevaba tiempo retirada. Desde luego era muy observadora y tenía experiencia. En la duda de que conociese el alma de la gente que había frecuentado aquel burdel, Millie Brackett estaba segura de conocer al dedillo su higiene. Aquella misma noche me dijo: “En mi negocio lo que cuenta no es el interior de los hombres, hijo. La conciencia es algo muy delicado y subjetivo. En mi trabajo, en mi trabajo lo que se le mira a un hombre no son sus ideas, cielo, sino que en las ingles le haga espuma el jabón”. Como ella lo veía, el hombre que frecuentaba el burdel era tan decente como el que no salía de la iglesia. Para Millie Bracket, el hombre piadoso que acude cada domingo al templo limpia su conciencia hablando con Dios, mientras que el otro, el mundano, le confía sus problemas al urólogo. Con la expresividad que era tan natural en ella, me dijo aquella noche: “Cariño, puedes venir por mi casa con absoluta confianza. Nadie te hará preguntas para las que espera respuesta. En cuanto a tu conciencia, tampoco te preocupes demasiado. Siempre tienes la posibilidad de contarle tus remordimientos al reverendo Mc Allister. Pero tampoco eso importa demasiado, encanto. La mayoría de mis clientes solo se acuerdan de Dios cuando no les hace efecto la penicilina”.
Recuerdo que en un momento dado se sentó a nuestra mesa el detective Artie Fuller, viejo amigo y cliente personal de la señorita Brackett. Fuller ni se molestó en disimular. Tomó entre sus manos la mano izquierda de ella, la miró a los ojos y dijo: “Viejos tiempos aquellos, Millie: dorados días de sana inmoralidad!. ¿Recuerdas, amiga? La atmósfera estaba cargada siempre de olor corporal y vapor de agua. La cerveza sabía caliente y mamada como la saliva de un trombón. Una noche, una noche llevé conmigo a un ciego, y con tanta humedad y aquel tufo a verbena, aquel tipo creyó que habíamos entrado en una marisquería. En aquel pasillo había quince habitaciones siempre a tope de trabajo. Una noche cerré los ojos y con el ruido ferroviario de los catres mismo me pareció que sonaba allí mismo la sección rítmica de la orquesta de Count Bassie. La señorita Brackett y el detective Fuller parecían una pareja conmemorando las lejanas mieles de un amor perdido. Entonces ella retiró su mano del encariñado cepo de las de Fuller, la recogió al tacto en las cuentas del collar y dijo: “Yo no me arrepiento de nada, Fuller. Mi madre quería fuese hogareña como ella y yo tomé otro camino. Duermo tranquila esa es la verdad. Al fin y al cabo, amigo Fuller, lo que hizo mi conciencia no fue otra cosa que cambiar el delantal, por el biombo”.
http://www.goear.com/listen/0114f5d/24-cronicas-del-savoy-24-temporada-2010-2011-fosfonautas
Recuerdo que en un momento dado se sentó a nuestra mesa el detective Artie Fuller, viejo amigo y cliente personal de la señorita Brackett. Fuller ni se molestó en disimular. Tomó entre sus manos la mano izquierda de ella, la miró a los ojos y dijo: “Viejos tiempos aquellos, Millie: dorados días de sana inmoralidad!. ¿Recuerdas, amiga? La atmósfera estaba cargada siempre de olor corporal y vapor de agua. La cerveza sabía caliente y mamada como la saliva de un trombón. Una noche, una noche llevé conmigo a un ciego, y con tanta humedad y aquel tufo a verbena, aquel tipo creyó que habíamos entrado en una marisquería. En aquel pasillo había quince habitaciones siempre a tope de trabajo. Una noche cerré los ojos y con el ruido ferroviario de los catres mismo me pareció que sonaba allí mismo la sección rítmica de la orquesta de Count Bassie. La señorita Brackett y el detective Fuller parecían una pareja conmemorando las lejanas mieles de un amor perdido. Entonces ella retiró su mano del encariñado cepo de las de Fuller, la recogió al tacto en las cuentas del collar y dijo: “Yo no me arrepiento de nada, Fuller. Mi madre quería fuese hogareña como ella y yo tomé otro camino. Duermo tranquila esa es la verdad. Al fin y al cabo, amigo Fuller, lo que hizo mi conciencia no fue otra cosa que cambiar el delantal, por el biombo”.
http://www.goear.com/listen/0114f5d/24-cronicas-del-savoy-24-temporada-2010-2011-fosfonautas
No hay comentarios:
Publicar un comentario