Cada vez que Tonino Fiore necesitaba darle un escarmiento a alguien, llamaba a Meyer Jansen y el holandés le partía las piernas a quien hiciera falta. Calculaba un reportaje del Clarion que el 90 por ciento de los cojos de Brooklyn conocían de algo a Jansen. Con la práctica adquirida, cuando dejó de trabajar para Fiore, el holandés no tuvo problemas para colocarse bien remunerado en un aserradero en Oregon.
Me contó Fiore que en una ocasión aquel tipo fue a ajustarle las cuentas a un cantante de ópera que tenia deudas de juego con la organización. El tipo gritaba una barbaridad mientras Jensen le hacía las cuentas. Alguien a este lado de la puerta del camerino le preguntó a un compinche de Jansen por qué gritaba tanto aquel hombre. Y el cómplice de Jansen, le dijo: “Nada importante. Rutina, amigo. Es el tenor, que está calentando la voz”.
Aunque nunca le probaron el crimen, me consta que Meyer Jansen mató a su esposa de un disparo en la cabeza. El mismo se lo contó de madrugada en el Savoy al detective Fuller. En el crimen empleó como munición una bala ensartada en los anillos de boda. Dijo el holandés: “Le disparé en la cabeza para que nunca lo olvide. Y si puse los anillos en la bala, fue porque yo entonces era un sentimental”.
Más que Meyer Jansen, a mí quien de verdad me impresionó al conocerlo fue Giacomo Fidanza, un tipo frío que parecía que fumaba nieve. De él escribió el columnista Chester Newman que “aquel ruido en su pecho no era el corazón, sino el climatizador”. En eso acertaba Newman, aunque creo que exageraba al decir que la radiografía de tórax de Giacomo Fidanza era el varillaje de un paraguas. El frío Fidanza era tan delgado, que le quedaba flojo el sudor. Podría decir de él que era implacable y a la vez considerado, sobre todo si se trataba de ajustarle las cuentas a una mujer. Me dijo una madrugada en el Savoy el flaco Fidanza: “En una ocasión, Al, tenía que retorcerle un brazo a una fulana en Baltimore. Lo intenté pero no puede hacerlo. Con las prisas había olvidado el sombrero en Nueva York. Por eso no lo hice, amigo. No podría hacerle daño a una mujer sin antes haberme quitado el sombrero ante ella”.
En un obituario con motivo de su muerte, escribió Chester Newman en el “Clarion”: “Yo le conocí y no era como dicen. No digo que no fuese frío e implacable, que lo era. Lo que digo es que la personalidad de Giacomo Fidanza era la cuerda de un arpa metida en la funda de un sable. La gente dirá de él lo que quiera, pero yo sé que en el fondo aquel tipo era una hoguera con las llamas de hielo”.
http://www.goear.com/listen/ad2ceb7/25-cronicas-del-savoy-25-temporada-2010-2011-fosfonautas
Me contó Fiore que en una ocasión aquel tipo fue a ajustarle las cuentas a un cantante de ópera que tenia deudas de juego con la organización. El tipo gritaba una barbaridad mientras Jensen le hacía las cuentas. Alguien a este lado de la puerta del camerino le preguntó a un compinche de Jansen por qué gritaba tanto aquel hombre. Y el cómplice de Jansen, le dijo: “Nada importante. Rutina, amigo. Es el tenor, que está calentando la voz”.
Aunque nunca le probaron el crimen, me consta que Meyer Jansen mató a su esposa de un disparo en la cabeza. El mismo se lo contó de madrugada en el Savoy al detective Fuller. En el crimen empleó como munición una bala ensartada en los anillos de boda. Dijo el holandés: “Le disparé en la cabeza para que nunca lo olvide. Y si puse los anillos en la bala, fue porque yo entonces era un sentimental”.
Más que Meyer Jansen, a mí quien de verdad me impresionó al conocerlo fue Giacomo Fidanza, un tipo frío que parecía que fumaba nieve. De él escribió el columnista Chester Newman que “aquel ruido en su pecho no era el corazón, sino el climatizador”. En eso acertaba Newman, aunque creo que exageraba al decir que la radiografía de tórax de Giacomo Fidanza era el varillaje de un paraguas. El frío Fidanza era tan delgado, que le quedaba flojo el sudor. Podría decir de él que era implacable y a la vez considerado, sobre todo si se trataba de ajustarle las cuentas a una mujer. Me dijo una madrugada en el Savoy el flaco Fidanza: “En una ocasión, Al, tenía que retorcerle un brazo a una fulana en Baltimore. Lo intenté pero no puede hacerlo. Con las prisas había olvidado el sombrero en Nueva York. Por eso no lo hice, amigo. No podría hacerle daño a una mujer sin antes haberme quitado el sombrero ante ella”.
En un obituario con motivo de su muerte, escribió Chester Newman en el “Clarion”: “Yo le conocí y no era como dicen. No digo que no fuese frío e implacable, que lo era. Lo que digo es que la personalidad de Giacomo Fidanza era la cuerda de un arpa metida en la funda de un sable. La gente dirá de él lo que quiera, pero yo sé que en el fondo aquel tipo era una hoguera con las llamas de hielo”.
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