Recuerdo que el joven Billy Manfredi perdía con frecuencia la calma y se complicaba la vida por cualquier tontería. El viejo Giacomo Pavesse le reprendía a menudo por su carácter impulsivo. Una madrugada escuché que le decía que a un hombre solo hay que dispararle cuando la muerte es la única razón a la que atiende. “Verás, Billy –le dijo- el peor de los hombres tiene derecho a saber por qué le van a hacer daño. Tienes que perder algo de tiempo en hablar, hijo. Es importante que un hombre sepa lo que le espera y que además lo entienda bien. Que no le quede ninguna duda, Billy. Tiene que morir bien informado, hijo, como si le disparasen por escrito”. Fue inútil. Billy Manfredi no cambió nunca y tuvo problemas con la ley cuando en un arrebato mató de un disparo en Filadelfia a un tipo que solo era sospechoso de no haber apurado bien el afeitado. Giacomo Pavesse le procuró un buen abogado y Billy quedó libre gracias a que el juez aceptó que lo suyo con la pistola era eyaculación precoz. A partir de aquello Billy fue otro hombre. Todavía cometió algún error, pero en su revolver la muerte tuvo siempre buena letra. En cuanto a lo de la eyaculación precoz, se le hizo realidad y envejeció con ella. Una madrugada le dijo el detective Fuller: “No hay una mujer igual a otra, hijo. Piensa que ninguna mujer de cincuenta años tiene esa edad. Cada cual funciona de una manera. Ellas son la bola, amigo, y cada hombre, cada uno de nosotros, somos una manera distinta de batear. Controla la imaginación, muchacho. Tienes que hacerlo como si llevases la cabeza colgando por el cuello entre las piernas. Y sobretodo, habla Billy. Las mujeres incluso razonan para perder el control. Dile algo agradable e inteligente. Y hazlo con calma y en voz baja. Piensa que lo que tienes a tu lado en cama es una mujer, Billy, no un megáfono”. Todo lo que le dijo Fuller fue inútil. La última vez que coincidí con él en el Savoy, me dijo Billy: “Tenía eyaculación precoz y Fuller me dio algún consejo para controlarme. Creí que hablándoles todo iría mejor con las mujeres. Me equivoqué. Una fulana me dijo que ahora no solo tengo eyaculación precoz, sino que padezco también de verborrea. Luego me reconoció ella que lo que yo le decía le resultaba muy sugerente y que entraba en calor. Aquello me hizo concebir alguna esperanza. Pero volví a equivocarme, Al.”. El bueno de Billy!.... ¡Tanto calor para nada! Aquella fulana le dijo: “Lo lamento. Yo lo que necesito es un amante, Billy, te llamaré cuando necesite un fogonero”
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