jueves, 20 de octubre de 2011

Crónicas del Savoy - 4 (temporada 2011 - 2012)

A veces ocurren cosas que, aunque no tienen sentido, parecen razonables. Un tipo me contó de madrugada en el Savoy lo que le ocurrió cuando era presidiario en Arizona. El vigilante de la cuerda de presos que segaban el aire en un terreno en el que solo medraba la raíz del polvo, le ordenó cavar una zanja. Y cuando había amontonado a sus espaldas varias toneladas de tierra, le preguntó al impertérrito vigilante para qué diablos serviría aquel agujero. Y el vigilante le dijo: “Es fácil, muchacho. ¿Dónde, si no, ibas a poder meter de nuevo toda esa puta tierra?”.
Ya digo que a veces ocurren cosas que, no teniendo sentido, son sin embargo razonables. Bobby Novaro se enamoró de una fulana ambiciosa que nunca lo engañó acerca de sus pretensiones. Le dijo: “Veras, Bobby, sé que aun tienes fresco en tu mano el polen verde del atraco a aquel banco en Denver. No me importa reconocer que te quiero por tu dinero. Pero no es solo codicia, cielo. Quiero todo ese botín en mi cuenta corriente porque me apetece saber lo que siente una mujer como yo cuando un hombre como tú la quiere por su dinero”.
Es cierto que a veces ocurren cosas que son razonables aunque parezca que no tienen sentido. Me dijo de madrugada en el Savoy su fundador, el viejo Giacomo Pavesse: “América es un buen sitio para salir adelante incluso si se sabe retroceder. Conocí a un tipo que le dictó a su amante una maravillosa novela. Aquel tipo no tenía ninguna ambición literaria. Dijo que si había dictado aquella novela era porque quería tener a mano una letra conocida en lo que aprender a leer”.
Por esa relación entre lo razonable y lo que no tiene sentido, es por lo que a veces me gusta tanto el Savoy. Ernie Loquasto colecciona, como si fuesen libros, las puertas de los retretes del club. Hace algún tiempo leí en una de ellas algo que, si no recuerdo mal, decía así: “Intento quitarme la vida casi desde que era un niño. Mi problema es que sobrevivo porque, como soy un poco perezoso, tengo por costumbre ahorcarme en un árbol caído”. Recordé entonces el contrasentido de algo que me contó el agente secreto Mason Aldrich poco antes de perderle de vista para siempre. Me dijo de madrugada en el Savoy: “No me lo vas a creer, Al, pero en Fort Langley superé la prueba de idiomas entregando un folio en blanco. Yo era agente secreto, muchacho, así que el director de la CIA se quedó fascinado por mi facilidad para callar en cinco idiomas”. Después Mason salió a la calle y yo me tomé una copa con la corista Terry Shelton. La buena de Terry acababa de romper con un hombre que estaba de incógnito en su propio rostro y dijo que anotaría el nombre de aquel tipo en un papel porque según ella quería acordarse de que no tendría que olvidarlo.

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